por Lina Maria
Antes de la muerte de mi abuelita, hice un viaje a Colombia. Un viaje con regreso claramente planeado después de mas de tres años sin ver a los míos. Pedí permiso en mi trabajo para estar en Colombia un mes. Estaba feliz haciendo los preparativos para volver a ver a mi familia, mis amigos y… bueno, especialmente a Juangui. El y yo mantuvimos correspondencia electrónica y el siempre decía estar "esperando" mi regreso, aunque el sabía perfectamente que yo no iba a regresar. Estaba ansiosa por experimentar mi nueva libertad enfrente de el. Quería mostrarle a el que yo no era la misma niña ingenua de la que el se aprovechó. Iba a enfrentar cara a cara al verdugo de mi pasado.
Mi regreso a Colombia fue todo un evento. Estaban todos esperándome en el aeropuerto. Estaban mis padres, mi hermano, mis amigas y el? No, el no estaba. Mi mamá me dijo que el la llamó para disculparse porque tenía que trabajar en su tesis de grado... Las alarmas comenzaron a sonar internamente y yo ya sabía que ese toro iba a ser difícil de lidiar. Este era un enemigo formidable de mi adquirido recientemente amor propio. Me prometí a mi misma que iba a mantener la compostura y a usar las armas que traía en la maleta para desterrar a los piratas de las buenas intenciones.
La misma noche del día de mi regreso, vino el. Recuerdo que sentí como si se me hubiese aparecido un fantasma. Sentí mucho miedo, pero a la vez mucha curiosidad. La curiosidad dicen que mató al gato, pero en este cuento, casi me mata a mi. Juangui lucía como la última vez que lo ví, tal vez un poco mas flaco, pero es posible que mi imaginación lo haya engordado con el tiempo. Creo que el me miraba a mi con la misma curiosidad. "¿Será la misma o ha cambiado?" Probablemente pensaba para si mismo. Yo estaba empecinada en demostrarle cuanto había cambiado, pero se me olvidó poner atención al hecho de si el había cambiado. La respuesta no se hizo esperar. Juangui me confesó que desde hacía 5 meses sostenía una relación mas o menos seria con una niña que estudiaba en la U. Católica y que por eso no había ido al aeropuerto, porque "ella estaba celosa"... Confieso que quise abofetearlo de nuevo, pero me aguanté y le dije "Hay Juangui, tu no cambias..." Lo triste del cuento es que en ese instante fue que me di cuenta que yo tampoco había cambiado... (Continuará)
















