por Lina Maria

Mi abuelo siempre decía que "el café es plata a sol y agua". El se refería a que los agricultores estaban a la merced del clima. Uno prepara el terreno, abona y fumiga contra pestes, pero el resto depende del tiempo y sus inclemencias. De nada valen tantos cuidados y preparativos por largos meses, si de repente cae una tormenta de granizo y arruina el cultivo en un solo día o si no llueve nunca y las matas se secan. Sin embargo esto nunca hizo que ni mi abuelo, mis tíos y mi padre dejaran de sembrar café. Ellos creían que por una buena cosecha en el año valía la pena arriesgarlo todo. Ellos nunca dejaron de sembrar porque tenían confianza que iban a tener éxito en sus cosechas. Miedo si tenían, pero eso no los detuvo. Dios los premió con muchas cosechas buenas. Las granizadas y sequías fueron pocas en sus vidas, pero incluso después de grandes pérdidas, siempre volvieron a poner el granito en la tierra.
El miedo paraliza. El miedo le impide a uno volver a arriesgar el corazón y ponerlo ahí afuera "a sol y agua". Pero no arriesgarlo significa nunca cosechar el amor. Mi corazón fue terreno baldío por muchos años. Años en los que me sumí en un letargo imposible de definir. Pero cuando finalmente salí de ese letargo, me dí cuenta que tenía que sacar el corazón al sol. Lo desempolvé un poquito, lo puse en un matero muy bonito, le eché agüita y lo aboné. Con un poco de temor y mucha esperanza lo puse en mi ventana para que lo bañara el sol y el agua de las nubes.
Unos cuantos pajarracos se acercaron y quisieron picotearlo, pero los espanté de un manotazo. La plaga vino e hizo de las suyas, pero mi corazón la resistió. Una tormenta amenazó pero jamás se hizo presente. Fué una época emocionante, donde lo aposté todo sabiendo que podía perder, pero tenía la esperanza de que iba a recibir ganancias substanciales. Día a día la semilla iba germinando... Sabía que iba a ser una buena cosecha...
















