por Lina Maria

Al brotar las lágrimas de mis ojos, se secaban inmediatamente convirtiéndose en pequeñas bolas de hielo y no sentía dolor porque estaba entumecida. Los vientos helados del norte habían endurecido mi corazón. Caminaba las calles de esa ciudad inhóspita sin saber a donde me dirigía, en medio de un mar de gente, pero muy sola. Estaba amargada. Tan amarga como un limón reseco. Atrás quedó la niña alegre, cuyo idealismo le había costado más de una decepción. Las reservas de mi confianza se acabaron y el vacío que dejaron fue rápidamente colonizado por una pandilla de malos hábitos. Me salieron espinas en la lengua, y me creció maleza en los oídos. Me convertí en un animal peor que el escarabajo de Franz. Al menos a el le tiraban manzanas, a mi me tiraban piedras.
Ahora comprendo lo de “responder con dos piedras en la mano”. Esas piedras que otrora me hubiesen herido y puesto a llorar se convirtieron en mortales armas que utilizaba para herir a mis malhechores en venganza. De mi boca ya no salían palabras amables, pues se quedaban enredadas entre las espinas de mi lengua. Solo aquellas palabras tan duras como las rocas que me tiraron podían pasar a través de ella.
Un día como cualquiera, igual a ayer o mañana, me levanté como siempre. Me puse la misma ropa y la misma cara y me comí el mismo cereal que no sabía a nada. Una llamada lo cambió todo. El témpano de hielo se empezó a resquebrajar y pedazos muy grandes comenzaron a caer en el mar de lágrimas que ahora brotaban de mis ojos. El golpe terrible de esa noticia, tuvo la potencia necesaria para sacarme de mi estupor y para derretir la capa de hielo que cubría mi corazón. Sentí el dolor en toda su amplitud y todos los dolores amortiguados anteriormente regresaron para atormentarme una vez más.
En una jaula de oro sin poder salir, sola y sin nadie a quien correr para que me abrazara, lloré todas las lágrimas que no había llorado. Me postré en mi cama y comencé a rezar por mi abuelita y su descanso eterno. En ese momento sentí un calor que emanaba de mi pecho y por alguna razón que hasta hoy no puedo explicar, el dolor desapareció. Miré la foto de aquella bella anciana sonriente y sentí como si estuviera a mi lado. Supe entonces que no estaba sola, que nunca lo estuve.
Una a una se fueron cayendo las espinas de mi lengua. La pandilla de malos hábitos que vivían dentro de mí fueron desterrados. En su lugar se empezó a construir un edificio con los ladrillos de mis logros y con las piedras que me tiraron en el pasado. Poco a poco el animal en que me había convertido volvió a tomar forma humana. No volví a ser la misma de antes, en cambio evolucioné. Mi abuelita me mandó el mejor regalo de todos. Me devolvió el amor propio y restauró mi confianza… Los dos ingredientes básicos de un ser humano completo.
por Lina Maria
Caperucita se montó en el avión y se fué a visitar a su abuelita, quien vivía en un bosque de asfalto llamado Nueva York. Caperucita tenía su canasta llena de ricas galleticas, hechas con mucho amor para darle a su abuelita. Al bajarse del avión, vió muchos animales, de diferentes especies y tamaños. Uno de los animales le pidió su pasaporte y le preguntó que para donde iba. Caperucita le dijo que iba a ver a su abuelita y que llevaba ricas galletas. Aquel extraño animal, del cual su mamá le había hablado, la trató muy amablemente y Caperucita pensó que su mamá había exagerado con respecto a esos animales grandes de pelaje negro y marca en forma de estrella en su pecho. El extraño animal le dijo "Bienvenida al Bosque de Nueva York del reino de los Estados Unidos. Disfrute su estadía".
Caperucita entonces, comenzó su viaje atravez de los senderos estrechos y atestados de árboles de cemento. Su abuelita vivía al otro lado del bosque. En el camino se encontró con muchos animales. Algunos eran dóciles y se acercaban para que caperucita les sobara el lomo, otros eran feroces y trataron de morder a caperucita mas de una vez. Caperucita nunca había visto un lobo en su vida, así que siempre pensaba que eran perritos en busca de galleticas ricas, solo se daba cuenta que no lo eran cuando le trataban de morder la mano. Caperucita no se encontró con un lobo si no con varios lobos y lobas. Pero tuvo la suerte de escaparse de los que se encontró en el bosque. Pero ya no le quedaban galletas ricas hechas con amor y sus ropas estaban destrozadas por los mordiscos de los lobos. Al llegar a la casa de su abuelita, tocó la puerta pero nadie respondió. Caperucita entonces abrió la puerta, notando que estaba sin seguro. Al entrar todo estaba muy oscuro y llamó a su abuelita. ¡Abuelita! ¡Abuelita he llegado! Una voz la llamó.
Caperucita corrió a ver donde estaba su abuelita y se encontró con que estaba en cama. "¿Abuelita que tienes? ¿Estás enferma?". Su abuelita le respondió con una voz más grave de lo normal y le dijo: "Tengo gripa hijita. Es que este clima frió de New York es fatal para una pobre vieja. Acércate que quiero verte bien". Caperucita se acercó al lecho de su abuelita y notó que tenía uñas muy filosas y se veía más peluda de lo normal. "Abuelita, que ojos tan grandes tienes". "Es para verte mejor hijita. Pásame los lentes". Caperucita le pasó los lentes. "Que orejas tan grandes tienes abuelita". "Es para escuchar tus secretos mejor". "Abuelita, ¡que boca tan grande tienes!". "¡Es para devorarte mejor!" En ese momento, el lobo disfrazado de abuelita se abalanzó sobre caperucita, quien tarde se dió cuenta que ese animal no era su abuelita.
El lobo se le comió el espiritu a Caperucita. Si no fuese por el cazador quien pasaba a visitar a la abuelita de vez en cuando, el lobo y su jauría se la hubiesen comido enterita. Sin embargo, la dejó moribunda. Caperucita estuvo en cuidados intensivos por mucho tiempo y nunca volvió a ser la misma. Después del ataque caperucita no confiaba en nada ni nadie y se volvió uraña. Caperucita perdió la inocencia en ese bosque y ahora en vez de galleticas ricas para los animalitos, cargaba una AK-47 en su canastica, lista para matar al primer lobo que se le acercara. El problema es que los lobos y los perritos dóciles en busca de galleticas se parecen mucho y Caperucita se sentía muy sola.
Un día, una paloma mensajera le trajo dolorosas noticias del reino de sus padres. Su
adorada abuelita había decidido dejar de aparentar ser humana y finalmente se fué con los ángeles. Caperucita, sin espíritu y sin amigos, cayó en una depresión tan grande que quizo empacar sus maletas de nuevo y tirar su vida profesional por la borda. Cuando estaba a punto de hacerlo, su abuelita el angel le mandó un regalo del cielo y ya Caperucita no lloraría nunca más, solo de felicidad...
Colorín colorado, este cuento no ha acabado.
Nota: Republico este cuento porque quiero retomar la historia desde aquí. De esta manera sabrán donde quedamos...